
Oratorio de los Filipenses
DON JOSÉ PIO TEJERA
(DE MURCIA)
EL CONDENADO SOLER.
I.
Existe en Murcia un conventoque, según antigua fama,
fué de Padres Filipenses
la religiosa morada.
Todo en él es anticuado,
sus balcones, sus ventanas,
sus celdas, sus galerías,
su interior y su fachada,
en cuyas toscas paredes
aún un trozo de muralla
se conserva, procedente
de la invasión musulmana:
su aspecto es triste y sombrío,
y su arquitectura ráncia
lleva impreso el hondo sello
de su caduca prosapia.
Allí en el siglo pasado
cuando los hombres vagaban
áun por regiones de brumas
y espacios de sombras vanas,
entre aquel piadoso cláustro
vivió un tal Soler Estrada,
fraile de rostro tan seco
como de conciencia ancha
y de virtud tan raída
cual su raída sotana.
Dícese que á fuer de astuto
intentó algunas patrañas,
logrando opinión de santo
entre las gentes honradas
que en aquel tiempo creían
en visiones y en fantasmas:
que se alzaba en el altar
cada vez que á Dios alzaba;
que á una imágen milagrosa
hizo hablar una mañana,
y, en fin, que el poder tenía
de obrar prodigios sin tasa.
Todo el mundo entónces tuvo
por un beato al Estrada,
y en sus enredos y amaños
todo el mundo veneraba,
que como el mundo es un cuento,
de cuentos siempre se paga.
Pero sucedió que un día,
cayendo herido en la cama
por una mortal dolencia
que le condujo a la parca,
hubo Soler ante el claustro
de hacer pública su audacia,
revolcándose en el lecho,
y como quien arde en ganas
de vomitar la ponzoña,
de escupir la hiel amarga
que manándole del pecho
en su lengua há tiempo guarda.
—"Soy un miserable! Hermanos,
un mónstruo que por el ansia
de conquistarme el aprecio
del vulgo á quien despreciaba,
vendí á Cristo y con el diablo
hice proterva alianza.,,—
Dijo el fraile; y espiró;
y envuelto fué en su mortaja;
y aquella noche, por premio
a su codicia bastarda,
tuvo en su celda un sudario,
un féretro y cuatro hachas.
……………………………Hubo nubes en el cielo
y hubo en la tierra borrascas.
La noticia de su muerteII.
al par que la de su infamia,
difundióse presurosa,
llevando pronto la alarma
á los ánimos cobardes
de las gentes que moraban
del convento filipense
en la vecina comarca.
Uno el caso refería
y otro, después, lo aumentaba,
y otro dorándole luego
al fuego de la patraña,
al vecindario infundía
pavor y desconfianza.
—«El Padre Soler ha muerto
dando al infierno su alma,
mientras tierra y cielo airados
rayos y vientos lanzaban.„
—"Murió condenado!... y dicen
que el Santo Oficio á las llamas
pretende llevar sus huesos...
¡Válganos la Virgen Santa!,,
—"Murió en pecado mortal,
teniendo al diablo por guarda;
y, como el diablo es su amigo,
á su celda el diablo baja
de la noche en el silencio
para acompañar su alma
que, entre cadenas de bronce,
lúgubre y siniestra vaga."
Tales fueron los rumores
que por doquier circulaban
lo mismo en humildes chozas
que en las más soberbias casas:
Y el vulgo, que de igual modo
prodigar sabe alabanzas
como injustos vituperios;
que hoy abate y luego ensalza;
el vulgo, al par animoso
y cobarde, cual la blanda
cera blando, y siempre amigo
de novedades bizarras,
dió en decir desde aquel dia
en que falleció el Estrada,
que en su celda á media noche
el monje se paseaba
acompañado del ruido
que á un condenado acompaña.
Los mismos padres sintieron
sus ánimas contagiadas
por las voces pavorosas
que acerca del muerto andaban,
Echando á la celda entónces
dobles cerrojos y aldabas,
huyeron del edificio
á una parte retirada;
y desde entonces llamaron
á aquella lúgubre estancia
del Condenado Soler
la habitación condenada.
III.
Han pasado treinta años;
otra edad más ilustrada
comienza; errores mezquinos
y preocupaciones ráncias
vánse, al cabo, desechando;
y ya, más distinta y clara
por diáfano Oriente asoma
del progreso la alborada.
Mas la tradicción del fraile
condenado,en cuya estancia,
durante la noche, en pena
su lúgubre sombra vaga,
en la vulgar fantasía
arde áun con viva llama;
que el vulgo asi en regios pueblos
habitando ó en cabañas,
así en edades sombrías
como en tiempos de bonanza,
siempre ha sido el mismo: iluso,
crédulo y á extraordinarias
maravillas inclinado
que su desventura labran.
No pudo, por ende, el tiempo
destruir con su guadaña
la tradicional conseja
del endemoniado Estrada.
Nadie su muerte ha olvidado;
y del tal modo se halla
palpitante la memoria
del pavoroso fantasma,
que pocos pueden nombrarlo
sin sentir miedo en el alma.
Las gentes que cerca habitan
del Oratorio, asustadas
al oscurecer se esconden
temblando y cierran sus casas.
Cunde el miedo; y como el miedo
fácilmente se contagia,
los Hermanos Filipenses
(aunque ilustrados se llaman)
por ruidos extraños que oyen,
por cosas que ven extrañas,
creyendo que el condenado
sigue habitando en su estancia,
jamás en ella han querido
penetrar, por cuya cáusa
se encuentra en el mismo estado
en que el muerto la dejára.
Un sillón muy enmohecido,
una mesa y una cama,
una lámpara en el techo,
una silla derribada,
unos hábitos muy viejos,
una muy rota ventana,
y todo lleno, muy lleno
de polvo y telas de araña.
IV.
Un dia llegó al convento,
tras de penosa jornada,
cierto peregrino, un monje
del monasterio de Arlanza,
pidiendo, en nombre de Cristo,
para una noche posada.
—Todo está ocupado —dicen
los Padres—No hay celda franca
más que una, pero esa...
esa, hermano..,—Y bien, ¿qué pasa?
No podré...—Líbreos el cielo
de entrar en ella; que el alma
de un condenado la habita
desde el ocaso hasta el alba.
—Cómo!... —No ría el Hermano,
que así toda la comarca
lo asegura.—Gente ciega!
—Gente que ha visto y que habla.
— Pues en ella he de albergarme.
—Ved que es cosa temeraria...
—Sólo el temor de Dios tengo.
—Ved que os exponeis.,—A nada.
—Mirad que se oyen ruidos...
—Nunca he creído en fantasmas.
—Se ven sombras...—Que se vean.
—Hay visiones...—Que las haya,
Cuéntanle entonces del Fraile
protervo la historia infausta
y, de intento, los crespones
abultan que el cuadro empañan.
Pero él insiste en su empeño:
los Padres míranse y callan:
traen las llaves de la celda;
abren... La noche cerraba.
—Con que estáis resuelto? —Siempre.
—Pues que el cielo, hermano, os valga.
Dicen; y se alejan... Queda
solo el penitente,... Pasa
un momento... nada se oye;
de pronto un paso adelanta,
y entrando en la celda, echa
tras sí á la puerta la aldaba.
V.
Comienza á silbar el viento
y hace estruendo la borrasca
al chocar del monasterio
contra la espesa muralla.
Todo atestigua el prodigio;
solo un temerario osara
ocupar en tan sombría noche
la celda de Estrada.
Cuando dentro de ella estuvo
el monje, encendió la lámpara,
y en torno suyo el instinto
le hizo echar una mirada.
La habitación infundía
el temor que siempre causan
las cosas que, habiendo sido
de un malvado, vénse intactas
y del modo en que el difunto
dejó por siempre de usarlas.
Pero el huesped, alto haciendo,
como quien no teme nada,
quítase el hábito; arregla
el lecho; abre la ventana;
dá un paseo por el cuarto;
se sienta; un breviario saca,
y á salmodiar sus nocturnas
oraciones se prepara.
Mas no bien hubo empezado
su lectura acostumbrada,
cuando, súbito, resuena
un resoplido á su espalda
que fatídico y siniestro
la luz vacilante apaga.
—Quién, vá allá?— Dijo; y dió un salto
perdiendo, un tanto la calma.
Nadie respondió, y el eco
de su voz se ahogó en la estancia.
De repente un cuerpo extraño
sintió que se le acercaba
y sobre el rostro le imprime
tremenda una bofetada.
Jesús!... Dijo ya con miedo
el peregrino de Arlanza,
y en su pecho, en tropel,
bullen emociones muy contrarias.
Corre,... se detiene,... y piensa
un instante, luego exclama:
—Por mi vida que es extraño!...
En sangre siento bañada
La faz... y ya mi cerebro
en mil confusiones anda.
¿Será verdad que ese fraile
condenado?... ¡Dios me valga!
Mas qué diantre, es imposible:
los muertos en paz descansan;
no hay duda, otra cosa debe
ser de este efecto la causa.
Y ésto diciendo y temblando,
y entre dudas y entre alarmas,
otra vez la luz enciende;
mira, y al ver que se lanza
por la reja huyendo un bulto,
dá el monje una carcajada
y se desnuda y se acuesta
y ronca luego á sus anchas.
……………………………..Y para que nadie quede
en incertidumbre amarga,
diré que lo que allí vió
el peregrino de Arlanza
fue un descomunal mochuelo
de descomunales alas.
Fuente: VV. AA. "Flores murcianas". 1899. pág. 146-153
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